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El Movimiento

La inteligencia y el metal no riñen con la barbarie. El orden del día, último premio Goncourt, describe el encuentro de los mayores industriales alemanes con Hitler en 1933. Sin contar con los científicos de Hitler, durante los años treinta y cuarenta, la Alemania nazi protagonizó un despegue fulgurante en las ciencias y las tecnologías que transformó espectacularmente el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial y, a la postre, condujo a la fabricación de las armas de destrucción masiva y sus elementos de transporte, los misiles balísticos www.planetadelibros.com.uy/libro-los-cientificos-de-hitler/123658
Qué hacían los físicos arios entre tanto? Es cierto que muy pocos, aclara Philip Ball, militaron en la administración nazi, «pero también fueron pocos los que se le opusieron de forma de forma activa», presos -en palabras de Ian Kershaw- de una «letal indiferencia» cuando se inició la persecución de los judíos. Además del miedo a las represalias, además del deseo de no ver, otras dos razones explican aquel silencio cómplice: un excesivo sentido utilitario (protestar no serviría para nada y empeoraría las cosas) y la devoción, que en no pocos casos ocultaba una ilimitada soberbia personal, al bien sacrosanto de la ciencia y al estatus de la ciencia alemana en particular. Súmese a esto un innegable antisemitismo de fondo: cuando un científico escondía o ayudaba a un colega judío, lo hacía por ser colega y no por ser judío. www.elmundo.es/ciencia/2014/12/27/549d560d268e3e1e4f8b4584.html
Max Planck, padre de la teoría cuántica y hombre apegado ciegamente al decoro y el respeto a la autoridad, llegó a verse con Hitler para interceder por Fritz Haber, pero ante todo buscando un pacto. «Si acatamos las leyes, ustedes nos dejarán en paz», vino a ser el arreglo, y de hecho la financiación era estatal en la KWG (Instituto Káiser Guillermo para el Avance de la Ciencia). Menos mal que «ninguno de los líderes nazis tenía idea de para qué podía usarse la ciencia». Todavía.

A Planck lo paralizaba la posibilidad de protestar contra las leyes cuando son ilegales, vale decir flagrantemente injustas, y prefería contemporizar, comportarse «como un árbol contra el viento». Werner Heisenberg, el físico más dotado de su generación, compartía ese criterio. En 1935 firmó el obligatorio juramento de lealtad al Führer, lo mismo que Peter Debye, director del Instituto Káiser Guillermo de Física (KWIP).

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